Atenas

Azul solido en el cielo, sin atisbos nebulosos y cierto manto de salitre que sopla desde el mar cercano, una trinidad perfecta de luz difuminada, imprecisa, ninguna arista de detalle, el alma como la mirada, se desparrama sin contención, creando un estado de animo cálido y satisfecho. Ultimar los pormenores para un paseo matutino, elegir este sobre aquel detalle: mochila, sombrero, cámara, teléfono, objetos-finalidades que ocupan con atención egoísta todo el marco del pensamiento, repetir cientos de gestos automáticos: cordones-llave-botón-elevador-semáforo-entrada-escalera de metro-maquina expendedora-ticket de control-líneasdecoloresespecíficos-L2 roja-Omonia–Panepistimio–Syntagma–Akropoli-escalera mecánica-Salida-luz explayándose sobre los muros, harta en el aire del estío, dispersa como una bocanada en cada grieta, ángulo o recoveco.

Aún se posterga la hora matutina carente de nerviosismo, repartidores sin prisas, el inicio de los comercios, algún mendigo despertando en el severo portal de una iglesia ortodoxa. Un calor marino añadido al esfuerzo de la pendiente, tiñe las ropas de sudor e ilumina con fina lámina cada centímetro de piel que no esté a resguardo de los rayos solares. En las formas serpenteantes del las callejuelas, blancos muros moteados de flores, ofrecen una dejadez muy cuidada en detalles casi invisibles pero significativos, una belleza imperfecta de polilla nocturna.

Vagar sin rumbo, dejarse llevar atraído por la montaña de la Acrópolis que se enmarca al final de cada escalera, pasando por cafés semi-vacíos, clientes esporádicos, turistas al teléfono, sugiriendo con sus mesas desiertas la desazón de un escenario de teatro vacío. Un camarero recostado bajo el marco de una bougainvillea discute en griego algún asunto entramado con un viejo, escenificando con sus dos figuras solitarias, algo  dramático y sencillo, la sensación de que el cuadro se viene repitiendo con puntualidad a lo largo del tiempo sin necesidad de espectadores, un deja-vu real , palpable, encastrado en lo mas profundo de lo cotidiano, situaciones donde la mirada goza lúcida en los detalles, activando cierto regusto por saberse pasajera y personal, que se destruye a la primera tentativa de comunicarla con palabras como la deformación que sufren los sueños al querer explicarlos.

Un olor a jazmín carga la atmósfera de un dulzor cómplice al silencio de los pasos, como si hubiera un belleza anhelante, agazapada, una forma de perfección desinteresada, confirmada en el vagar de cientos de gatos callejeros, dueños definitivos de tejados, escalinatas y solares.

A medida que avanzo escalera tras escalera , se descubren los peldaños gastados siempre en idénticos sitios, lugares de roces habituales, obsesiva repetición de gestos, que deja en evidencia el patrón sencillo de los movimientos humanos, el comportamiento sucesivo, la imposible originalidad  motora.

Asoma el torrente de la calle principal, a la vuelta de cierta esquina, enredando bullicio de lenguas y quehaceres, las típicas tiendas de souvenires, restaurantes turísticos y bares repletos, rompiendo el hechizo, rebajando las ideas a procesos oculares-precios-impulsos de consumo, cierto goce humano que consciente en abandonarse al flujo de una masa de gente, marchar al unísono con desconocidos, pleamar de músicos callejeros, embaucadores de pulseras africanos, grupos de policías, mendigos, turistas de todas las edades, el aturdimiento de volver a ser genérico, sospechar que el aquí y ahora no supera la prueba de las distracciones mas banales, antítesis del silencio que flota en las ruinas antiguas, custodiando muertas su recuerdo falseado, eternamente derruido.

Azul solido en el cielo, llegar a ningún sitio, el mero placer de discurrir.