“El sueño baja de un cielo de tablero de ajedrez y dirige
el oratorio que sin duda desnudará el amor del hombre una
bola de serpientes
Todo hombre es UNO en este triste
inarmónico extraño atolladero”
“El feliz Cumpleaños de la muerte” Gregory Corso
El publico demora en situarse, les indica el camino hacia las butacas la luz al final del corredor, una lengua de puro contraste negativo. Detrás del telón alcanzan a percibirse las estridencias, los murmullos que se elevan desde la platea, entreverados con el denso silencio que reina en la compañía atareada ultimando los ajustes. Cada segundo cargando la corriente que lo aproxima al desenlace. El escenario, aguarda vacío aún la interpretación, desnudo sin la presencia de los artistas, solo un cúmulo de maderas a lo largo sin misterio, sin historias, cualquier desierto del mundo.
La noche del estreno reitera sus rituales idénticos, en una presentación de aficionados de algún escenario underground o en la gala mas compleja de teatros consagrados: las prisas hermanadas con los nervios, la inseguridad mas absoluta apenas aferrada a la convicción nada reconfortante del esfuerzo ensayado, cientos de veces hasta el hartazgo, el abismo adivinado en ciertos pasajes complicados que tenderán fieles sus trampas, la electricidad desparramada por los cuerpos conductores de la colmena en movimiento hacia un objetivo común, la distorsión en el paso del tiempo que por momentos se dilata con la plasticidad del agua y luego se contrae, traidor, desbocado a toda velocidad.
La mirada del actor centra su objetivo negando la tentación de los recuerdos, ese atajo seguro que pone en movimiento una fuga a no-presentes reales o inventados, la formula mas elemental del común de las personas para evitar confrontarse con la realidad. Ahonda en el personaje, transforma a vivas luces la piel, dejando apenas una ínfima fachada sujeta por pilares invisibles, la crisálida aguardando la eclosión, la psique deformada por las palabras que declaman que se “es” el rey de Dinamarca o una madre coraje, que los campos de batalla se abren heridas cargados de almas muertas, que las barricadas son morales y no solo muebles y cajas de madera, que la muerte nos acecha en manos amigas. La ventaja de la ficción de poder anticipar los recuerdos futuros, y darles el dramatismo que se merecen, en eso se centra la mirada del actor que ahora aprovecha y pasea por los decorados, las prisas, las posturas marciales de sus compañeros de pantomima, se regodea entre bambalinas con lo básico del truco, con lo poco que hace falta para deslumbrar a un publico que añora creer, los últimos retoques en los maquillajes que se adueñan de los rostros, carmines, polvos mágicos, bocas al rojo vivo para enfatizar una vida displicente de amores pagados, cejas negras enarcadas, banqueros usureros o barbas piratas, encubriendo rostros inofensivos, ofreciendo el significado transparente del personaje.
Luego retorna a su preparación, se analiza desde afuera, calcula sus gestos en palabras, sabe que ademanes ampulosos enfatizaran justos el fragmento dotándolo de la fuerza necesaria para atrapar las miradas en la palma de su mano, cómo el gesto de arrojar con su brazo se llevará volando al personaje agraviado el desconsuelo del publico o la desesperación aferrada a la cabellera en dos tenazas moverán incomodas sospechas de locura; invoca, mientras suena la chicharra dando el ultimo aviso al publico, el proceso de cada ensayo: esa oportunidad de variar los matices buscando la cantidad equitativa de temperamento apropiada a su corteza, la seguridad en la mirada de los otros actores, cuando la obra cobra su propia vida y las palabras abandonan el texto marcado para decir inevitables, que la comedia o la muerte se pasean entre nosotros día a día, que solo hay que prestar atención, que el traidor se encuentra vecino y el amor, ese pacto injusto, encontrado o perdido para siempre.
Ya sube por su cuerpo injusta la impaciencia, la voluntad de cargar de una vez por todas contra el enemigo invisible, inerte, que solo por eso es poderoso, puesto que el abismo es el abandono de la acción, reírse con dientes refulgentes del absurdo, permanecer sin participar en las decisiones del mundo e interpretarlas, el castigo perfecto del actor. Ahora que se acercan los últimos momentos del trance, lo mismo es si estuviera solo, va alcanzando una lejanía de sensaciones inmediatas, semejante al clavadista desde su trampolín infinito contemplando hacia abajo, siendo: el abajo, la caída, la superficie del agua, el deslizarse del viento, la piel erizada en velocidad y calma, los músculos contraídos.. ya sabe a lo que se enfrenta, la inversión del tiempo donde la obra se vuelve la realidad el intervalo verdadero, y lo otro la espera, pero descifra también en su singularidad que no esta solo, ya sea por el relato, por los otros personajes, o por la expresión que transformará su cuerpo en mecanismo, para la atención del publico, él también tiene sus trucos, oficio, como un orfebre o un pintor sus herramientas probadas y mejoradas a lo largo del tiempo, la maña en los gestos estudiada de tanto ser otros. Alguien lo roza al pasar y le murmura unas palabras inaudibles, su mirada pasea una ultima vez por la penumbra y las posturas acechantes de sus compañeros, apenas se deja llevar por la alegría del fin de la espera, casi no queda tiempo, el silencio se ha apoderado de la atmósfera, comienza a caer el velo de la desconfianza en lo real, el instante siguiente ya no durará un segundo, las premoniciones y el absurdo saltan a la vista, todo ha comenzado.
Delicioso!