La vehemencia de sus manos manejando el cincel no acompañaban el ritmo de sus inquietudes, trabajaban con ahínco en golpes mecánicos apartando la piedra, que cediendo paso, tomaba la forma obligada. Ciertamente las dudas que lo circundaban no eran del tamaño suficiente como para tambalear el edificio de sus convicciones, tenían que ver más con una especie de preocupación díptera, esas que retornan incansablemente cuando la mente entra en estado de reposo o concentración, esas que se acomodan cerca de los miedos menores que no llegan a amarrar un nudo en el estómago pero que presentan un malestar parecido al mareo en altamar, que no tienen peso suficiente para explayárselas a nadie, mas, perduran en la capa de bronce que recubre la vigilia por las noches: ¿cómo hacer para acercarse al misterio sin siquiera rozar una superstición? ¿cómo inventarse un lugar vacío que reconforte sin estar presente en el mismo? Cuando al empezar a vaciar la mente solo se piensa en olvidar las recetas para vaciar la mente….
El intenso repicar en la dura superficie de mármol había cubierto su torso de sudor. Sus manos endurecidas por la memoria de la piedra se movían en amplios gestos sinsentido para los ojos inexpertos, mientras, su atención se dirigía del detalle a lo general, entre el polvo y hacia dentro siguiendo el camino de la diatriba. Le asombraba la curiosa manera de concentrarse que tenía a veces, cuando quería sonsacar algo de los mas profundo de su inspiración, como ahora que se esforzaba por malear el bloque que se oponía anónimo a su destino y no posaba su interés directamente sobre el objeto a tratar, para mejor observarlo por lo blanco del ojo, como queriendo atrapar la luz de una estrella fugaz que se intuye segundos mas tarde, porque el peso de la atención aplastaría su posibilidad de crecer, algo de su creación pero no suyo.
La parte de atrás de la cabeza tomaba la forma deseada, sabía que llegado ciertos trances, no podría ceñirse a las clásicas técnicas aprendidas, que debía imprimir ahí su sello característico, anhelo de ser notado en cualquier artista, y comparaba ese parecido, con el de sus cavilaciones actuales, que también se negaban a mostrarse diferentes a las inquietudes generales, atrapado el también en una piedra, pero de misterio. Para esquivar el camino sin salida recurrió como otras veces, al tratamiento habitual de caminar hasta la cocina y poner en el antiguo calentador , herencia del hangar en el que trabajaba, una pava con agua.
El olor afrutado del té aclaro sus ideas “una receta afincada en costumbres mecánicas mas que en efectos empíricos, ligada a sabores o sensaciones como las que se empleaban en la antigüedad cuando los galenos no eran mas que actores con mucha sangre fría, mas por transportar la fija mirada de la angustia a quehaceres de agua hirviendo o cucharas cargadas de miel” pensó.
Al moverse nuevamente hacia el frío del estudio donde la figura paciente en escapar del bloque aún lo esperaba, fue sorbiendo la infusión de a poco, sin apuro, saboreando el descanso a media mañana en el silencio hueco, tal vez roto por algún crujido en el zinc del techo del hangar, mientras la luz se colaba espontánea por diminutos orificios.
Esforzándose por eludir las divagaciones que acechaban fuera del presente y sin querer perder mas tiempo volvió al trabajo entregándose a la sensible rudeza de los golpes sin posibilidad de rectificar, la vehemencia de sus manos manejando el cincel no acompañaban el ritmo de sus inquietudes.