Demasiadas derrotas

En tales circunstancias sólo hay

motivo para tres cosas: primero el orgullo satánico;

segundo, las lagrimas, y tercero, la risa.

“El hombre que fue Jueves” G.K Chesterton

 Toda la tensión que fluía concentrada en sus músculos se rompió, se había paralizado como una cadena eléctrica que se interrumpe de repente, sin excusas, dejando los engranajes en seco. Después del estado de estrés continuado durante millones de segundos su cuerpo se rendía a la fatiga que prosperaba por los pies hacia su columna. Tuvo que apoyar su cabeza en el brazo contra el marco de la ventana, en un gesto vencido que a sus ojos pareció falso, un actor de segunda en su propia realidad. Ni el empapelado del hotel con aureolas de humedad, ni las cortinas como mortajas eran necesariamente un auxilio a la cordura ¿pero que podría serlo para unos ojos vacíos como los suyos?

En ondas, cargada por el viento la lluvia caía sin hacer ruido, desfigurando el reflejo de las luces en el cristal. Afuera: verde, amarillo y rojo el semáforo le escupía su prudencia, gris, negro, inundado, el asfalto alardeaba su tozudez, las pilas de basura empapadas compartían su vergüenza mientras alguna rata ocasional paseaba despreocupada, creyó recordarlas originarias de Asia, en concreto India o Persia.

No habría salvación esta noche ni ninguna otra, como si su alma hubiera, en el primer disparo, remplazado a la bala deslizándose por el cañón bien engrasado haciéndose pedazos para siempre, la muerte del guarda, la muerte de la vendedora significaban su muerte, el cliché de la culpa retumbaba puntual a la cita.

Un hormigueo lo sacudió en escalofrío, tenía que organizar al menos sus actos inmediatos (ya que sus pensamientos estaban fijos como los ojos que había dejado tendidos en pozos de sangre), se alejó de la ventana no sin antes comprobar que la moto seguía estacionada enfrente.

Apartando el revolver dispuso el maletín negro sobre la mesa, el temblor de sus manos dificultó la tarea de accionar las pestañas de apertura que saltaron al unísono afectando sus nervios acostumbrados al silencio de la habitación.

Las joyas en el interior respondieron relucientes al nimio contacto de la penumbra: collares, brazaletes, diademas, objetos gestados en la imaginación de un orfebre como acólitos para bellezas decadentes o ascendentes, para ser exhibidos en salones exclusivos donde el murmullo de la envidia traquetea en las mandíbulas, ahora transfigurados en la imagen del delito, SU delito: robo calificado por uso de arma de fuego en grado de tentativa, en concurso con homicidio criminis causa.

¿Cómo se había desmoronado su plan en segundos? Quiso evitar el repaso de los acontecimientos pero no pudo, se vio aparcando la moto a mitad de cuadra justo enfrente de la joyería Feldo Luxury S.L., chequeando su reloj por ultima vez a las 19:45, quince minutos antes del cierre del negocio cuando comienzan a retirar de los escaparates la mercancía y se disponen a guardarla en la caja fuerte por el fin de semana, se vio arreglándose la americana del traje azul mientras cruzaba la calle apretando fuertemente el maletín, se vio sonreírle al guardia, esa mueca practicada cientos de veces, sin demasiada efusividad para no despertar sospechas, recordó el sabor avinagrado del miedo en su boca mintiendo a cerca de una prometida que nada sospechaba de la declaración matrimonial que le esperaba esa noche y… aquí el recuerdo se hacía demasiado doloroso, prefirió levantarse y caminar por la habitación.

No tenía familia que le echara en cara su monstruosidad, su madre había fallecido lejos en el interior hacia varios años y su padre los había abandonado cuando el era apenas un niño ¿quien podría reprobar su conducta, la sociedad, esa masa informe que lo había aniquilado de manera metódica a lo largo de los años? ¿los periódicos, que acomodarían la crónica al pie de la sección policial, junto al bestiario de la jornada?

“Un delincuente armado prosiguió en la tarde de ayer con la ola de robos agravados por el uso de armas que en las últimas horas se han acrecentado a lo largo y ancho de la ciudad.”

Si bien este diario accedió a detalles pormenorizados del caso, se reserva algunos de ellos para preservar a las víctimas y no entorpecer la investigación en trámite. Ocurrió pasadas las 19:45 de ayer en la joyería Feldo Luxury S.L., de la calle V… L… y P…. al 2.200 del barrio P… El delincuente actuó con absoluta impunidad y las víctimas no tuvieron ninguna oportunidad ante el homicida despiadado, escapando del lugar, en un vehículo cuyas características no trascendieron, pero que son prudentemente manejadas tanto por el personal policial de la Seccional Tercera que tomó intervención primeramente, como por la Brigada de Investigaciones y de acuerdo a datos que habrían aportado ocasionales testigos.”

Ningún juzgamiento alcanzaría el núcleo de sus sentidos, era impermeable a la mirada ajena, demasiadas derrotas, demasiado flotar anónimo en el gentío… La visión oblicua de el tabaco en la mesa llamó su atención, el descubrimiento accionó su espíritu, ¡aún era capaz de sentir!, hacia horas que no fumaba y el hecho de sumergirse en ese acto mecánico de encender un cigarrillo le hizo ladear en los labios una sonrisa genuina, ¿qué importaba la eternidad o los cadalsos? Los trenes saldrán o no a la hora, los jefes maltratarán a sus empleados, los pájaros seguirán cagando sus mezclas tóxicas sobre las ciudades, los amantes se amarán con lujuria, los muertos seguirán  muertos. Solo existía ese cuarto, ese punto que ahora cobijaba su presente, el temblor de su mano aferrada al cigarrillo, el revolver sobre la mesa, las oportunidades deshechas de antemano.

Se acomodó el mechón de pelo que le atravesaba la frente, no ignoraba que tenía que tomar una resolución, no podía quedarse en esa pocilga para siempre, el plan había fracasado por completo, las jaurías saldrían con la primera luz del alba en su búsqueda con esa animosidad que empuja los actos justos, con su maquinaria metódica de averiguaciones, cámaras, soplones, con fino olfato detrás del rastro de muerte que exhalaba por cada poro.

El universo colapsaba los segundos a velocidades sorprendentes mientras los diamantes relucían a través de la tapa abierta del maletín. Se rehízo como pudo, confundiendo con su determinación la vorágine de su razonamiento, apagó el cigarrillo en el cenicero de la mesa a la vez que cerraba el maletín, luego de enjuagarse los sobacos volvió a vestir el pantalón del elegante traje azul que había utilizado para el golpe, en la parte frontal de la camisa, quedaban algunas manchas de sangre, intentó quitarlas con agua caliente y jabón en el lavamanos del baño. El reflejo de su rostro en el espejo a centímetros de su cara, le hacía imposible escapar al abismo de sus ojos ¿Cómo se había desmoronado su plan en segundos? Las imágenes renacieron en su mente con el desenlace, se vio sacando el arma en el momento que la vendedora se giraba en busca de una alianza que el le señalaba a sus espaldas, se vio volteando rápidamente, revolver en mano como había practicado tantas veces, en dirección al guardia de seguridad al la vez que le gritaba que se quedara inmóvil, recordó como el sin obedecer se dispuso a sacar su arma, sintió los tendones apretando el gatillo y el estruendo, luego en el humo de pólvora y confusión, se vio avanzando hacia la vendedora que no paraba de gritar frenética y silenciarla a quemarropa… de haber sabido que estaría prófugo  para siempre habría tomado otras precauciones. No le molestaban los tópicos, no le daba importancia a las definiciones, sino no hubiera llegado hasta donde había llegado, lo habían querido hundir con esos rótulos desde siempre: perdedor, inservible, borracho, loco y ahora asesino.

Terminó  la tarea de vestirse con movimientos precisos, experimentaba cierta paz luego de rever los episodios del asalto, sabía que cada pieza había respondido a su entrada en el engranaje de la tragedia, no guardaba rencor a nadie, desde el fabricante de balas, pasando por el sastre de su traje, la maestra de ingles en la escuela, los albañiles involucrados en la construcción del edificio de la joyería, todos los ladrillos, viajes en carretillas, almuerzos al sol, habían encadenado con la precisión del vuelo de una mosca, los sucesos, para llevarse esas almas al infierno, la de los vivos y la de los muertos por igual, no era un fatalismo barato sino que se lo explicasen a los dos cadáveres en la morgue.

Tomó un trago de agua, empezaba a sentirse tan bien como cualquier otro año, afuera la lluvia se demoraba en caer. Había conseguido desactivar el dolor de la culpa por el momento, pero no podía confiarse, sus fuerzas se encontraban al limite de la cordura, podía escuchar los insectos confabulando debajo de la cama, su única chance era llegar hasta la estación de trenes de P.. abandonar la moto en el estacionamiento y escoger el destino mas alejado posible, para cuando pudieran seguirlo ya estaría fuera de alcance.

Una sirena, luego otra, luego varias vinieron a confirmarle que sus planes no se podrían llevar a cabo, que el vehículo del crimen aparcado enfrente del hotel donde se había refugiado no era la maniobra mas brillante para un ladrón de joyas asesino, solo ahora lo veía claro, quizás los tópicos tuvieran la razón y el fuese todo lo que le habían escupido mil rostros en todos los idiomas a lo largo de su vida: engendro, deforme, prodigio, quimera, las siete plagas de Egipto, un fracaso en de todo de ida y de vuelta.

Los pasos resonaban en la escalera, el sol apenas clareaba el cielo a través de las cortinas sucias a la espera del próximo lunático, la ciudad despertaba como un animal codicioso y el estaba perdido para siempre. Encendió un ultimo cigarrillo, ahora todo encajaba, la tragedia tenía un ultimo acto, las Erineas reclamaban su premio personificadas en los uniformados con orden de capturarlo vivo o muerto. A el le daba lo mismo, siempre supo que llegaría hasta el final, nunca se dejaría atrapar, para ser encarcelado previa humillación publica en el juzgado de las risas y luego ser arrojado en una celda con otros de su clase hasta el olvido en el fin de los días. No tenía miedo, nunca lo tuvo, abrazó el maletín con las joyas, y encañonando la puerta con el revolver, con gesto estudiado entre calada y calada, esperó.

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