El saco de madera

Esa calavera tenía una lengua en otro tiempo y con ella podía cantar…

Shakespeare

La estrechez de la madera impedía que los movimientos, producto del deplorable estado del pavimento, fueran mas allá de simples sacudidas, cargado en la parte posterior de una camioneta de construcción ordinaria con dudosas cualidades carpinteriles en su manufactura, un ataúd como cualquier otro.

El muerto que nos atañe, en el interior oscuro y tachonado del susodicho embalaje, expiaba su conciencia. “Que mala suerte haberse muerto justo al principio de la primavera” se lamentaba el fiambre, que según sus planes de haber seguido entre los vivos, hubiera podido terminar aquel sobradito que tanto trabajo le había costado y que ahora se quedaría su hermano. Un bache lo interrumpió haciéndolo rebotar con un sonido ahuecado y le hubiera hecho bastante daño de no intermediar la maciza rigidez en la que se encontraba, ¿así que esto era la muerte? le parecía decepcionante ¿dónde estaban los querubines , potestades, trinidades, los diablos con calderos humeantes, algún dios antiguo con cabeza de animal o siquiera un barquito para cruzarlo al otro lado de algún rio? ¿será que se lo habían olvidado? , como un tramite que se traspapela por una negligencia fantasmal, cavilaba,  justo antes de dar con la cabeza en la tapa por un volantazo. Ni un indicio de transmigración, ni un hormigueo, por leve que fuera, que pudiera hacerlo sospechar que se estaba reencarnando un alguna alimaña o planta tropical y quizás lo mas sospechoso, la retención de la conciencia personal; hasta se acordaba del numero que había jugado a la quiniela la semana anterior y no había salido… nada de nada, un vacío redondo y estático de contornos borrosos…Un sonido a través de la madera le hizo aguzar el oído (del que se escurría un liquido amarillento y pringoso) expectante ¿seria alguna trompeta cósmica? le hubiese encantado, pero hasta un muerto no podría confundir el llamado celestial para deleitarse con ambrosía con la bocina de un camión…¿que pasos debían seguir las almas una vez extinguidos los latidos? ¿dónde estaba la tan mentada “luz al final del túnel”? que, él dicho sea de paso, no había visto ni por asomo cuando lo agarro la moto y lo hizo volar en ángulo recto para abrirse en dos la cabeza contra el cordón de la vereda ¿cómo era aquello de las no se cuantas vírgenes de dulces lagrimas? no se pudo sonrojar pálido como el marfil pensando en que no sabría darles charla… ¿ni un juzgamiento severo por las conductas pasadas? esto no le desagradaba tanto cuando recordaba lo mal que había hecho en algunas ocasiones: como cuando le vendió aquel Ford “todo estropeado” a su cuñado diciéndole con frases zalameras que nomas le hacían falta dos retoques, o cuando se robó un par de zapatos de las galerías Harrod´s de la calle Florida o cuando metió una botella entera de whisky en el ponche del cumpleaños de quince de la Martita y terminaron todos borrachos… aquí le entro la risa, al acordarse como los castigaron y que en medio de la ira desatada de los padres, Ramiro (aquel bajito con el que hicieron juntos la primaria y que después no vio mas) no podía aguantarse parado ¿será que uno tiene la eternidad del tiempo para pensar en estas tonterías? ¿será esta la penitencia? . No parecía mucho castigo cuando pensaba en la infatigable águila mangiandole el hígado a Prometeo, los lagos de azufre, las setenta mil torturas en lechos ardientes o la mirada irresistible de Moloch. Un frenazo lo zarandeo dentro de la caja “podrían haberme atado” les hubiera espetado a los de la funeraria de no haber tenido la boca con rigor mortis.

El ataúd fue descargado por dos empleados, sudando por todos los poros bajo los rayos verticales del mediodía. Aparcaron el “paquete” en una de tantas salas del cementerio de la Chacarita, haciendo que el finado ya empezara a extrañar las sacudidas ¿a que vienen tantas elucubraciones? ¿si nunca creíste en nada? decía mientras algunos mechones de pelo se desprendían de la sesera sin hacer ruido, a no ser esa conjugación vaga en tercera persona que invocaba “como para adentro” cuando había que meter algún penal decisivo, o apretando los puños, pedirle sin amagues que “lo fulminara con un cáncer al gerente general que me tiene podrido”, esa misma fuerza de la que después se mofaba con argumentos triangulados como la imposibilidad física, la irrisoria prueba de los milagros o la descarada corrupción de los padres de todas las iglesias, eso si, hasta la próxima vez que tuviera que obtener alguna ayudita.

Ya se arrepentía do no haber pedido en su testamento que lo cremaran, porque estar ahí todo el rato ya lo estaba “hartando bastante”. Lo que se había perdido por no haber pensado de antemano en algún pedido raro (cosa que no se le niega a nadie por estar muerto claro), como que lo esparcieran desde una avioneta sobre la provincia de Buenos Aires y terminar un poco en Quilmes otro poco en Tres de Febrero, o en algún tren de larga distancia de esos que van para el interior u otras tantas posibilidades. Ahora tenía que aguantarse ahí todo derechito y mas duro que una columna, hasta que dejara de estar fresco, pasara a hinchado, llegara la putrefacción activa seguida no tan rápidamente como uno quisiera (por mera vanidad post-mortem) por la putrefacción avanzada y luego quedaran los restos secos marcados por la sonrisa estúpida que se nos queda a todos en la desnudez cadavérica.

Una vez pasada la hora del almuerzo y con la panza llena de ravioles y un par de copas de mas, los “muchachos del cementerio” comenzaron el transporte de la tarde de los ataúdes que tenían apilados en la morgue, por el boulevard cercado de algunos mausoleos ilustres y otros no tanto, dirigían nuestro occiso a la boca de barro que ya tenían preparada bien al fondo donde van a parar los desconocidos por la fama, los que no son acompañados por grandes cortejos de coronas perfumadas con lemas como “Fuerza de espíritu ante este muy triste momento..” o “Reciba la mas grande muestra de consideración en esta hora de tristeza…” .

Otra sacudida mas y ya empezaban a repicar contra la tapa la mezcla de tierra y piedras que aventaban “para irse a casa rápido que este es el ultimo” desde la superficie. Él, inconformado, seguía dándole vueltas al asunto y ora se inventaba  una manera de no pensar en nada como si durmiera albergando la esperanza que lo vendría a buscar alguna “fuerza”, que podría escapar de la conciencia y reunirse con otros de su “condición” ora pedía que no lo enterraran muy profundo así podría escuchar la gente que pasaba por la calle.

El crepúsculo trajo consigo el silencio hueco característico de las necrópolis, como si los ruidos de la vida rebotaran en el perímetro de tantos recuerdos. Un gorgoteo le indico que se deshinchaba pausadamente, ¿y ahora que hago? dijo acompañando la frase con gesto de brazos cruzados en el pecho.

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