Un día de lluvia (en cinco actos)

ACTO I:

Jane y Harry se encuentran en la ultima fase de un desayuno, platos con restos, una botella de zumo por la mitad, algo de café en las tazas. Esperan que la lluvia torrencial amaine en el exterior. Ciudad genérica, cosmopolita, atiborrada y sucia en un futuro mas bien cercano.

HARRY. – ¡No son solo palabras rebuscadas, si cuando describen cumplen con su propósito jurídico!.

JANE. – Si, puedo escuchar sus cascos galopando hacia aquí, enarbolando la bandera de la verdad absoluta, mientras la tierra tiembla nos da tiempo a pensar en todas aquellas cosas que pudimos corregir, solo para dar a entender el mecanismo que se preocupa en instancias finales mas con un pastel en el horno que con el destino de las almas.

HARRY. – Es por eso que la descripción no tiene que ser apresurada , que el preámbulo de las percepciones tiene que respetarse, de a poco ir conociendo el terreno midiendo los nudos de la profundidad con la mano

JANE. – Nunca te lleve la contraria en ese sentido, aunque el viento me impulsara a darte la razón. Quería solo hacerte notar el peso de una hormiga en tu razonamiento.

HARRY. – Si querida si, mi razonamiento es algo impuro, mas refleja todo esto que me rodea, un ponche refrescante en mi paladar.

JANE. –  No tienes porque burlarte con ese toque funambulesco, aunque el flequillo caído te favorezca

HARRY. – ¡Gracias! en tu nota estética percibo la lubricidad adelantando la lascivia a contramano y en un día de lluvia, agravante si los hay en la jerga penitenciaria. Mi café ya esta frío.

JANE. – Tus síntomas son claros: la maldición de todo artista (que solo quiere ser notado), ¡aquí, aquí estoy, por favor noten mis piedras esculpidas mis barros endosados sobre muros! ¡Estas escrituras imposibles, reveladoras de los problemas igualitarios!.

HARRY. – Ya nadie quiere oír ciertas cantinelas; mucho menos la del significado atrapando el “verdadero momento” y solo por eso transformar una lata de mierda en miles de dólares. Ahora ya todos saben que para la salvación de las almas han colocado menos botes.

JANE. – Las protestas se suceden, los mercados se ríen a carcajadas en halls tan grandes que  podrían abarcar el universo y nosotros debatiendo si besarnos o no.

HARRY. – No incluyas al pobre y frio universo en la receta del fracaso, ya tiene suficiente con su expansión autocritica. Mi café ya esta frío.

JANE. – ¿Pedimos la cuenta? No parece que pare de llover.

HARRY. – A veces creo entender la tendencia general de hacer pronósticos climatológicos justo antes de tener una arcada

JANE. – Eres mas exagerado que cien cínicos de racha en el hipódromo.

(Se acerca una camarera con la cuenta, mientras limpia la mesa pregunta)

CAMARERA. – ¿A estado todo bien?

HARRY. – Quizás el azúcar podría haber estado cortado mas irregular, pero las tostadas eran dignas de un concurso de misses, mis saludos a la mujer del chef.

(La camarera se aleja con un gesto cansado y pensando en el suicidio)

JANE. – Sabes que la gente no lee entre líneas, ni siquiera cuando no lee.

HARRY. – Era solo una broma, de esas que reafirman la condición absurda de estas monedas en la mesa, coge tu abrigo y vámonos. Mi café ya esta frío.

 ACTO II:

Jane y Harry salen del brazo a la calle, súper poblada de gente y de basura,  el trafico parece estancado, la lluvia flota en el aire.

HARRY. – ¡Venga, demos nos prisas hacia ningún lado! Solo para ver la envidia en los ojos de los que no saben que hacer con sus vidas.

JANE. – ¿Seguro que estamos en la dirección correcta, hacia donde es el mar? ¿O el sur? ¿Dónde esta la estrella polar cuando uno la necesita?

HARRY. – Si me subo a lo alto de esa montaña de basura hasta casi podría contar sus tropas, nuevos mangrullos para centinelas desdentados

JANE. – La lluvia arrecia y ya no hay nada gracioso o sarcástico que puedas decir para compensar la humedad en mi peinado, entremos en algún útero que nos proteja

HARRY. – ¡Sí! Otorguemos la razón a tantas vidas arruinadas por estudiosos de la mente, la de los otros claro. El Museo Nacional de Arte se encuentra a dos calles, si podemos sortear la masiva manifestación anti-colonialista-pro-abridores-de-lata-organicos-y-a-favor-de-peines-de-hule-azul, estaremos ahí antes del amanecer.

JANE. – Intentémoslo a toda costa, de cualquier forma nuestras naves se quemaron en el astillero.

(Un mendigo se acerca a la pareja balbuceando una limosna)

MENDIGO. – Si no puedes levantar tus ojos, solamente alarga tu brazo con el dispendio, si no puedes con la idea de lo que mi moral hará con tu propina, hazlo de una manera tan rápida que ni siquiera puedas ser testigo de tu bondad.

(Le pone un par de monedas en el vaso)

HARRY. – Que mendigo mas curioso! Otra figura que será notada mas por su apariencia que por su filosofía

JANE. – Ya casi estamos. Casi.

 

ACTO III:

El gran vestíbulo del Museo Nacional de Arte se encuentra semi-desierto, un cuarteto de cuerdas (dos violines, viola, violonchelo) interpreta una pieza de Joseph Haydn en la primera planta cerca del bar. Jane y Harry se dirigen a la taquilla. La cajera los recibe con una sonrisa de medialuna.

 

HARRY. – Dos entradas por favor, ¿cuáles son las exposiciones actuales?

CAJERA. – Aquí tiene el folleto, lo explica claramente, pero a grandes rasgos seria: en la Primera Planta: arte super-muerto hace siglos para contemplar la predilección de los antiguos por grandes falos de piedra de todos los tamaños. Segunda Planta: el expolio de nuestra nación (gran orgullo) a la mitad o mas del mundo conocido, desde la dentadura del Budha, a el papel higiénico de Lenin, mas todas las pinturas, esculturas, fotografías, litografías, instrumentos de tortura, artesanías, etc. concebidas (y me atrevería decir hasta futuras) que solo nosotros sabemos preservar para la posteridad. Tercera Planta: tenemos un simposio sobre “La sintaxis inversa aplicada a la malinterpretación del arte como una sucesión de tortas en la cara” a la que me temo,  no se puede acceder sin los obligados trajes de baño.

HARRY. – Okay, solo tomaremos algo en el bar hasta que pase el terrible temporal o estemos navegando sobre vodka.

CAJERA. – Como es viernes el precio es a voluntad

HARRY. – (Para si mismo) ¡ Esto es la cúspide de la hipocresía!  Puedo ver como se llenan  de lagrimas los ojos de los dueños del dinero, como se felicitan unos a otros y asienten sin parar  con sonrisas porcinas: UN DIA GRATIS DE CULTURA es como poner una apósito en un brazo amputado.

Que generosidad! ¿cuánto deberíamos dar Jane?

JANE. – Se supone que el truco reside, en pulsar esa cuerda de remordimiento que nos impide mostrarnos como somos, nos enseñaron con mucho esfuerzo que uno es lo que paga.

HARRY. – Eres un embalse lleno de razón, aquí tiene

(Alcanza a través del mostrador un billete de 5).

ACTO IV:

Sentados en el bar del primer piso luego de una recorrida por los salones, el concierto se encuentra en receso, la gente en las mesas conversa desmedidamente fuerte, ellos beben vodka tonic.

 

HARRY. – Ahora tengo la seguridad que Gauguin, sabia como hacer las cosas.

JANE. – No te olvides que tenemos una cita para almorzar con Jake y Rita en una hora.

HARRY. – Si lo mencionas por el brillo de mis ojos, se debe mas al recuerdo de las obras que he visto que al brebaje que estamos degustando, aparte que ya sabes que no puedo olvidar nada que sea banal.

JANE. – ¿Qué nos queda en el recuerdo después de un paseo por tantas expresiones y técnicas? Un cansancio en lo alto de las cejas

HARRY. – No andas lejos de la causa ultima de porqué se aguanta tan poco, eso sumado a la perversión de fuente minúscula en los recuadros con el nombre de la obra, sospecho que los hace un relojero. Es demasiado para nadie que no haya ganado cualquier medalla.

JANE. – Puede que la ausencia de marcas genere un vacío emocional con la obra, no estaría mal entonces que pusieran algunos patrocinadores en el periodo azul de Picasso, o siquiera el precio, estoy segura de que ayudaría.

HARRY. – Hablar de todo en detalle, tener que opinar con mi boca completamente abierta emitiendo graznidos como gárgaras satisfechas de las comparaciones que propone, estirarme acostado por completo en términos como: trazos, ritmo, profundidad.. y ver que se encajan perfecto en la estupidez general, me fatiga de antemano.

JANE. – Eres un raro caso de orador sin voluntad popular, pero tus ojos claros y mi boca te perdonan (se besan largamente).

ACTO V:

Jane y Harry se encuentran en un taxi de camino al almuerzo, parados en el trafico cerca de su destino en la ciudad genérica, cosmopolita, atiborrada y sucia en un futuro mas bien cercano.

 

HARRY. – Aunque tengamos la seguridad absoluta que este tipo de encuentros no cambian nada los repetimos mas que la respiración

JANE. – Sabes bien que Jake y Rita son nuevos en la ciudad y bien les vale para crearse una rutina.

HARRY. – Nadie un su sano juicio argumentaría contra esa fortaleza, pero ya puedo adelantarme hasta el postre y quedarme dormido.

JANE. – No te hará mas daño que el paisaje que contemplas por la ventanilla

(Harry observa una larga fila de indigentes que se amontonan frente a una puerta, esperando su ración de alimentos en la lluvia)

HARRY. – Si tuviera que enumerar las causas de mi defensa por locura prematura en el púlpito del juicio, mi abogado no tendría mas que leer la lista de situaciones que vemos día a día, y no me refiero a las abstracciones como descontento, ansiedad, miedo entre tantas sino a ese par de piernas humanas clavadas en mi retina asomándose por las puertas de los contenedores, hurgando en los desperdicios de todos, por poner un ejemplo practico.

JANE. – ¿Ves como ya lo enfocas todo mejor? Jake trabaja en una editora pequeña, de esas que se obstinan en autores con apellidos terminados en ivski o algo así , con lo que podrás conversar sin tener que bajarte de tu cuadro clínico.

HARRY. – He notado que cada vez miro menos a los ojos.

(El taxi llega a su destino, Jane saca su cartera y paga a través del plexiglás que los separa del conductor de nacionalidad indefinida)

JANE. – Vamos será una comida fantástica, confió que sabrás navegar a través de los lugares comunes que sorteaste tantas y tantas veces sin naufragar.

HARRY. – He notado que cada vez miro menos a los ojos, salvo los tuyos claro.

(Tomados del brazo se dirigen con buen paso, sin notar la lluvia que los empapa, a la entrada del restaurant)

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