Los centinelas abandonan todas las otras partes de mi ser,
Me han dejado desamparado en manos de un salteador sanguinario,
Todos acuden al promontorio para presenciar lo que sucede
y para atacarme.
Walt Whitman
¿Va a doler doctor? Pregunto ella de forma retórica (con un hilo de voz mezcla de miedo-letargo inducidos por la dosis de éter suministrada) mientras su boca veía acercarse ese tipo de instrumental que solo por su forma y filo no puede mas que tocar arpegios en las cuerdas del sufrimiento. La mujer en cuestión, se encuentra paralela al suelo (no tan higiénico como los recientes avances debieran impulsar) recostada sobre un sillón semejante al de cualquier peluquería de la época, con alguna salvedad en su construcción (mas robusta) a sabiendas del fabricante, cómplice de las iniquidades de su uso. El ambiente rectangular sin explicación arquitectónica aparente, es el consultorio del renombrado dentista Dr. R … que practica según la opinión de sus propios colegas las mas adelantadas técnicas en ortodoncia (desde aquel mítico Fauchart y sus introducciones o mas precisamente extracciones, a la técnica, que en su momento consistía puramente en arrancar de raíz todo problema si se permite la metonimia). Así, mientras la paciente mantiene estoicamente la boca como averno, entre divagaciones de saliva, comienza la tarea en las manos diminutas (rasgo que le valía su renombre) del odontólogo, que no se encuentra solo frente a semejantes espasmos como oleajes; nunca dejaba de felicitarse por la sabia decisión de tomar como aprendiz (sin ninguna posibilidad de lo que hoy se consideraría “promoción”) a Inglewood; dediquemos unas breves palabras, a este joven producto de la falta de imaginación o posibilidades (por igual) de las muy extendidas familias de clase obrera con alguna capacidad de ahorro para enviar a alguno de sus hijos (esta elección recae generalmente en los que permanecen vivos) a la facultad de alguna ciudad de provincias, donde podrá formarse en dos o tres años según su asistencia a la taberna local en: copista, ordenanza, amanuense, etc., de variopintas profesiones, para salir disparado a una renta de máximo dos chelines, coronas, duros, o similares al mes, por el resto de su existencia. Pero volvamos a nuestro rectángulo, y mas precisamente al sillón donde los rudos brazos reparten el esfuerzo de sujetar con unas correas diseñadas para tal propósito, y nos encontraremos que el proceso avanza lentamente (en el reloj del muro al costado de la entrada y mas aun en la mente de la paciente que adolece la confusión cegada por un foco apuntado a sus entrecerrados párpados) aquí diría que el verbo proceso tiene tintes de adjetivo, por el espectáculo que se desdobla reflejado en los impertinentes del Dr. podríamos evocar los campos de batalla en la campaña napoleónica a Rusia. El instrumental, en este preciso momento personificado en un largo utensilio símil palillo chino acabado en gancho, trabaja obstinado en rasquetear a través de la pequeña abertura realizada por alguno de sus socios de acero, la raíz de la hemiarcada del segundo molar, en el intento de vaciar la infección recurrente que (cual carcoma a la madera) vive a expensas del nervio. “Cuanto se había avanzado en técnica y sabiduría” se vanagloriaba el dentista, evitando que una sacudida mas violenta que las otras hiciera volar por los aires la bandeja de plomo encargada de aglutinar el material de trabajo “Como todo en el pasado era serrar, extraer, extirpar y por ahí van los epítetos”. Luego de una breve pausa y otra dosis de éter, la mujer tenía los ojos desorbitados y el rostro bañado de sudor, como si sospechara que todavía quedaba un buen trecho por horadar, y no se equivocaba, ya que se ponían en marcha una vez mas “las técnicas modernas”. La cabeza le daba vueltas traída una y otra vez al presente en picos de dolor, inundando como la pleamar hasta el ultimo de sus conectores nerviosos, que no dejaban de anunciar el fin del mundo, ora se alargaba su esperanza un centímetro ora se zambullía en esa negrura salpicada por aureolas de colores que el dolor florecía en su mente y su espíritu, mientras sus fuerzas se debatían contrarrestando los tirones a dos manos del Dr. en su quijada. Prefería no estudiar en detalle los sonidos, ese roce tan desigual por el carácter de los materiales, que escuchaba mas con su interior que con sus tímpanos y optaba por seguir alejándose del desmayo como el funambulista que camina equilibrándose por los segundos que lo acercan a la llegada. Apenas si una brisa imperceptible mecía la cortinas por la ventana entreabierta, mientras la comunión de hilo y aguja recorría punto por punto la sutura final, ya podía Inglewood aflojar la presión de sus brazos y liberar las correas (mientras su imaginación se adelantaba a los excesos que le esperaban por la noche), ya sumergía las manos el Dr. en la vieja palangana para quitarse las manchas de sangre seca adherida a la piel de manos y antebrazos satisfecho con el trabajo realizado, ya se incorporaba la paciente con esa parsimonia que acompaña cualquier tensión extrema, asintiendo a los repetidos cuidados que debían tomarse en los próximos días: reposo, alimentos líquidos, enjuagues con agua tibia y bicarbonato de sodio, a sabiendas que cualquier dolor comparado se miraría desde arriba. Queriendo liberarse del ilustre Dr. , su ayudante, la imagen del material todavía empapado sobre la bandeja de plomo, el reloj del muro al costado de la entrada que ahora barajaba el tiempo normal, la robusta silla de cuero; se encaminó con premura hacia la puerta, luego de abonar los honorarios correspondientes, y bajó por la escalera hasta alcanzar la calle, liberada, caminando al compás de sus latidos maxilares, hasta lo próxima visita al dentista.