Del combate con las palabras ocúltame
y apaga el furor de mi cuerpo elemental.
Pizarnik
Quería describir grandes paisajes, de esos que se ven en los pósters de lagos con brumas pesarosas como un derecho adquirido por miles de mañana heladas o aquellos otros de montañas verdes con aristas escarpadas y su infaltable ladera moteada de pastos uniformes, o también … “perdone” le espeto un comprador que se encontraba mucho mas cercano que sus divagaciones paisajísticas; la distancia justa de un brazo para alcanzarle 1,50 (siendo este el valor exacto del periódico que ya se acomodaba en el sobaco). R.. murmuro algún fonema a modo de despedida decidido a retomar sus fantásticos viajes (como le gustaba llamarlos a el , en augusta contradicción con el “estar en babia con esa cara de boludo” de su socio en la venta de revistas). No hay que omitir, que el formato de la aun no mencionada estancia, contribuía notablemente a sus propósitos, como las anteojeras equinas, el “puesto de diarios”, el ultimo de la costanera, estaba orientado hacia el Rio de la Plata, haciendo una gran ventana por la que entraba una “señora”corriente de aire (sobre todo a las madrugadas en la espera anaranjada del alumbrado publico) y que hacían de R.. un personaje bastante abrigado, hasta corpulento de pura lana. Ahora bordeando el mediodía y varios grados mas fresco, hora “en la que no pasa ni el loro”, podía recostar la silla alta contra los fascículos jamás vendidos de jardinería y bricolaje, que hacían las veces de respaldo y seguir insistiendo en un mate y su potencial futuro como descriptor. No sabia de donde le venia la herencia, ya que su viejo era florista y su mama ama de casa, jamás habían tenido siquiera un leve desvío hacia cualquier forma de literatura, ni siquiera algún tío o pariente lejano que le sonara intelectual; podían atestiguar a su favor las innumerables reuniones familiares: sendos casorios, el bautismo de la sobrina de Raquel, el entierro con su respectivo velorio del cuñado de su hermano y la cascada anual de navidades, pascuas y una cantidad de asados a mansalva “que para que te voy a contar”, estaba seguro de lo poco que entendía de genética, que esta no podría estar involucrada. Saberse solo le daba una pequeña alegría como un respingo en el pecho, parecido a aquella sensación de travesura no descubierta. Para hacer efectivo el registro de detalles, llevaba un cuadernito verde, con las manos enguantadas (recortados en las puntas) señalaba aquellos exabruptos como raptos de inspiración que le venían. Alguna vez había escuchado de “un señor muy piola” que observaba había que desconfiar como escritor, de esos arranques inspiracionales, pero R.. según su propio criterio, no sabia exponerse sino era “en una tacada las frases y pararse a releer ya bastante adelantado”. Dejando la mesura para otros, rubricaba sus mentadas descripciones en los renglones cuadriculados del tal cuadernito verde. Le gustaban los paisajes porque evitaban las disgregaciones de los personajes “que va a decir un paisaje? si esta solo …” cavilaba mientras arremetía con adjetivos y penumbras, ciertas dunas del bajo Egipto. Ya en la hora del almuerzo encajonaba sus pensamientos, y se dirigía por “la alguna vez recta” vereda al lo de la Roberta, un puestito para los trabajadores de esa parte del río y algunos pescadores esporádicos. Ahí se codeaba con los pormenores de la jornada “que si lo pone a tal no nos hacían el tercero y que si aquel otro porque no se compra una gamba que mira que es un muerto y …” mascullando un sándwich de vacío escuchaba también el zumbar en ráfagas del viento. Nunca se había arriesgado con el paisaje local, como si fuera imposible sacar atributos de las montañas de arena de las constructoras, o ensalzar la negrura de las playas moteadas de basura como confeti, o a quien se le ocurriría comparar “ese barandazo” con el sudor cargado de los pantanos del Misisipi. Si bien que en ocasiones descifraba cierta belleza: cuando el sol se ponía entre los edificios del fondo, dejando esa dentadura vertical en evidencia, la tristeza hacia adentro del muelle de pescadores, y también ciertas épocas del año: cuando en junio florecen las “tipas” y pintan amarillo las veredas, o la canícula y su viento tórrido que se entretiene en remolinos sobre las revistas de cotilleos, “podría intentarlo alguna vez” se dice, mientras le alcanza un paquete de figuritas a un mocoso de mirada impaciente. Una de sus principales fuentes de inspiración son, obviamente, objeto de su trabajo y se avergüenza un poco de que si alguien le pide el “National Geographic” se lo tenga que vender con alguna que otra mancha de bizcochos Don Satur, hecho bastante improbable, según la inclinación lectora de los muchachos de esos lados, mas allegada a periódicos de “fobal“ y señoritas livianas de ropas. Viajar se encuentra en la parte alta de sus ambiciones, ya que el mismo nota que seria el proceso análogo al de las revistas, salvo que tendría que contentarse con algún fin de semana cerca de San Nicolás donde su cuñado tiene un terrenito, o como aquella otra vez que estuvo pescando tres días en el Delta y se lo comieron los mosquitos; incluso venderle su parte del puesto al Negro y dedicarse de pleno a la escritura para viajes, eso si, con un curriculum vacío de referencias pero una poderosa imaginación, al final de cuentas “que sabe el tipo que lee si uno estuvo realmente”. Así R.. va dejando partir la tarde para darse cuenta en un respingo que es re-tarde, que todavía le quedan infinidad de mandados y aparca el cuadernito entre la tercera y cuarta capa de ropa, después del pullover marrón, en el bolsillo de adentro, “siempre al atardecer aprieta la ventolera del río” murmura mientras aguanta con las dos manos la persiana y le pega una patada al estante para que entre en razones. Con el puesto bien aparejado, se encamina a la parada del colectivo 108, que por suerte pasa seguido “pero que hay que ver si para”; postergando para otros días, mas descripciones, como esos desiertos sin esperanza de inapelables corrientes a ras del suelo, de glaciares épicos obstinados a las laderas o el azul de mares de…….