En movimiento

Por curvas avanzamos, a través de montañas indicando el tortuoso camino de su esencia, curvas que arrastran con sus formas de lagarto inevitable los vehículos a través del paisaje, eventuales, desiertas o frondosas como postales imperecederas que cualquiera puede inventarse en algún lugar de la memoria, que adora esa manera del engaño que se refugia siempre en un no ahora.

Ídolo pagano desnudo de ofrendas, el movimiento, personificado en el ansia de cada aliento que empaña el reflejo que nos ofrece el universo, tus ojos, mis ojos ¡mil ojos! nos conduce, llevándonos a un próximo destino donde nos servirán litros de aforismos fracasados, donde ayunaremos el típico menú de soluciones simples extra-large con guarnición de compra-mi-locura-envasada, de falsas sonrisas mas finas que el rocío en tus pestañas, donde repetiremos los errores y el exceso con la compulsión de un suplicante, donde el sudor de la ciudad sumisa a las consecuencias, re-inventando maneras de fracasar en la caída, nos mostrará que no hay alternativa a la avalancha de lugares comunes, que hemos hurgado en todas las direcciones posibles, con avaricia, aplanamos hasta el ultimo montículo orgullosos del llano igualitario, ¿qué reglas de etiqueta se deben seguir en este Apocalipsis paulatino? “…por aquí Señora, por aquí Caballero, de a uno sin empujarse, habrá sitio para todos en las fauces del olvido…”

Nuestro interés prefiere adorar, monoteístas de la inercia, solo el movimiento que nos permite ser otros: trashumantes, bufones o verdugos . ¡Acelera a la velocidad de la luz!  dejando atrás en una nube las definiciones: país, comarca, planeta, polvo. Por el retrovisor veo alejarse el horizonte estático.

Sobre la culpa

When I say darkness

I mean a lack of knowing

as in everything you do not know

“The cloud of unknowing”

Dos ascetas se refugiaban del calor del desierto sentados en una cueva, el sol perpendicular trazaba un ángulo agudo de sombra en la entrada mientras en el interior algunas moscas volaban ruidosamente en círculos. El mas viejo de los dos contemplativos llevaba muchos años aislado del mundo, tenía el aspecto que cabe esperar de un cuerpo expuesto a las inclemencias del tiempo y la implacable conducta meditativa. El mas joven, llevaba solamente un año y aún conservaba algo de la lozanía de sus tiempos de estudiante. La voz clara del viejo entonada con acento incierto dijo:

VIEJO. – La culpa anida en el corazón del hombre escondida a la espera de que la debilidad consume su falta. El pecador al ser indulgente quiere creer que su moral tiene la capacidad de estirarse según la necesidad del momento. Pero también nosotros debemos guardarnos de la vanidad que antecede a la culpa, y no vanagloriarnos de nuestras penitencias, ni ensalzar nuestras penas. Aquí entre fieras y rocas debemos mantener la pureza de nuestra misión centrando nuestro foco en la compasión de la deidad.

JOVEN. – ¿Cómo puede haber culpa sin deseo?

VIEJO. – El infame azote se alimenta de cualquier partícula sensible del pensamiento, está en cualquier decisión por pequeña que sea ¡hasta en las que dejamos de tomar! Y aquí es donde la trampa se hace profunda, porque lo que marcará el grado de culpabilidad será la suerte que tengamos según las elecciones que hayamos hecho, es decir que la culpa será menor si tenemos éxito y a la inversa nos hundiremos al culparnos por haber dejado de tomar las decisiones correctas.

JOVEN. – Alguna veces siento haber dejado a mi familia en la ciudad, y lo que es extraño tener la impresión que la elección de privaciones, soledad y ayuno, es mas fácil que la de las comodidades.

Un viento cargado de arena apretando contra la piel un calor solido y asfixiante, les obligo a cubrirse el rostro con las raídas túnicas que llevaban. Las ráfagas de a poco se fueron diluyendo, resaltando el silencio de la cueva. De una pequeña bota de cuero el viejo sorbió unas gotas de agua, luego entregándosela al mas joven retomó el discurso:

VIEJO. – La solución mas empleada consiste en no mirar atrás, en quitarle el peso a las elecciones tomadas (buenas o malas) por la determinación de aquel momento y que no puede ser desafiada a posteriori por el yo futuro, que puede estar en desacuerdo pero justificado por innumerables razones. Siempre habrá algún factor, persona, o circunstancia que acuda en pos de la defensa.

JOVEN. – ¿Se puede entonces escapar de la rueda?

VIEJO. – Algunas religiones persiguen la salida a través de una conducta consiente: realizar buenas acciones, practicar la caridad, no comer animales etc. Con todo el énfasis en el acto en si como algo bueno y personal, mas allá de la razón, desapegado. Pero este mecanismo centrándose en un aquí y ahora niega el alcance a futuro y así elimina la culpa, puesto que hasta una buena acción puede volverse en algo negativo, como aquella historia del medico que salva un bebe en el parto que luego al crecer viene a convertirse en un tirano despiadado. Otras se adjudican el control de la culpa de sus seguidores al poder eliminarla en forma de perdón (potestad auto adjudicada y refrendada por los creyentes) y así volver a dar crédito para futuras culpas que a su vez serán borradas las veces que sea necesario siempre que se retorne arrepentido y dispuesto a pagar el precio correspondiente en oraciones o metálico.

JOVEN. – En cuanto a la inmersión en esa…

La frase quedo sofocada por la embestida de dos leones hambrientos que al querer refugiarse del sol, habían descubierto a los ascetas en su cueva, agazapando sus largos y musculosos cuerpos llegaron avanzando a través de las piedras rojizas, cómplices de su pelaje. La matanza fue rápida. El festín que le siguió no fue de los mas abundantes pero los felinos dieron cuenta hasta del ultimo hueso. Luego entrecerrando sus ojos al atardecer se echaron a dormir sin experimentar ninguna culpa.

Un día de lluvia (en cinco actos)

ACTO I:

Jane y Harry se encuentran en la ultima fase de un desayuno, platos con restos, una botella de zumo por la mitad, algo de café en las tazas. Esperan que la lluvia torrencial amaine en el exterior. Ciudad genérica, cosmopolita, atiborrada y sucia en un futuro mas bien cercano.

HARRY. – ¡No son solo palabras rebuscadas, si cuando describen cumplen con su propósito jurídico!.

JANE. – Si, puedo escuchar sus cascos galopando hacia aquí, enarbolando la bandera de la verdad absoluta, mientras la tierra tiembla nos da tiempo a pensar en todas aquellas cosas que pudimos corregir, solo para dar a entender el mecanismo que se preocupa en instancias finales mas con un pastel en el horno que con el destino de las almas.

HARRY. – Es por eso que la descripción no tiene que ser apresurada , que el preámbulo de las percepciones tiene que respetarse, de a poco ir conociendo el terreno midiendo los nudos de la profundidad con la mano

JANE. – Nunca te lleve la contraria en ese sentido, aunque el viento me impulsara a darte la razón. Quería solo hacerte notar el peso de una hormiga en tu razonamiento.

HARRY. – Si querida si, mi razonamiento es algo impuro, mas refleja todo esto que me rodea, un ponche refrescante en mi paladar.

JANE. –  No tienes porque burlarte con ese toque funambulesco, aunque el flequillo caído te favorezca

HARRY. – ¡Gracias! en tu nota estética percibo la lubricidad adelantando la lascivia a contramano y en un día de lluvia, agravante si los hay en la jerga penitenciaria. Mi café ya esta frío.

JANE. – Tus síntomas son claros: la maldición de todo artista (que solo quiere ser notado), ¡aquí, aquí estoy, por favor noten mis piedras esculpidas mis barros endosados sobre muros! ¡Estas escrituras imposibles, reveladoras de los problemas igualitarios!.

HARRY. – Ya nadie quiere oír ciertas cantinelas; mucho menos la del significado atrapando el “verdadero momento” y solo por eso transformar una lata de mierda en miles de dólares. Ahora ya todos saben que para la salvación de las almas han colocado menos botes.

JANE. – Las protestas se suceden, los mercados se ríen a carcajadas en halls tan grandes que  podrían abarcar el universo y nosotros debatiendo si besarnos o no.

HARRY. – No incluyas al pobre y frio universo en la receta del fracaso, ya tiene suficiente con su expansión autocritica. Mi café ya esta frío.

JANE. – ¿Pedimos la cuenta? No parece que pare de llover.

HARRY. – A veces creo entender la tendencia general de hacer pronósticos climatológicos justo antes de tener una arcada

JANE. – Eres mas exagerado que cien cínicos de racha en el hipódromo.

(Se acerca una camarera con la cuenta, mientras limpia la mesa pregunta)

CAMARERA. – ¿A estado todo bien?

HARRY. – Quizás el azúcar podría haber estado cortado mas irregular, pero las tostadas eran dignas de un concurso de misses, mis saludos a la mujer del chef.

(La camarera se aleja con un gesto cansado y pensando en el suicidio)

JANE. – Sabes que la gente no lee entre líneas, ni siquiera cuando no lee.

HARRY. – Era solo una broma, de esas que reafirman la condición absurda de estas monedas en la mesa, coge tu abrigo y vámonos. Mi café ya esta frío.

 ACTO II:

Jane y Harry salen del brazo a la calle, súper poblada de gente y de basura,  el trafico parece estancado, la lluvia flota en el aire.

HARRY. – ¡Venga, demos nos prisas hacia ningún lado! Solo para ver la envidia en los ojos de los que no saben que hacer con sus vidas.

JANE. – ¿Seguro que estamos en la dirección correcta, hacia donde es el mar? ¿O el sur? ¿Dónde esta la estrella polar cuando uno la necesita?

HARRY. – Si me subo a lo alto de esa montaña de basura hasta casi podría contar sus tropas, nuevos mangrullos para centinelas desdentados

JANE. – La lluvia arrecia y ya no hay nada gracioso o sarcástico que puedas decir para compensar la humedad en mi peinado, entremos en algún útero que nos proteja

HARRY. – ¡Sí! Otorguemos la razón a tantas vidas arruinadas por estudiosos de la mente, la de los otros claro. El Museo Nacional de Arte se encuentra a dos calles, si podemos sortear la masiva manifestación anti-colonialista-pro-abridores-de-lata-organicos-y-a-favor-de-peines-de-hule-azul, estaremos ahí antes del amanecer.

JANE. – Intentémoslo a toda costa, de cualquier forma nuestras naves se quemaron en el astillero.

(Un mendigo se acerca a la pareja balbuceando una limosna)

MENDIGO. – Si no puedes levantar tus ojos, solamente alarga tu brazo con el dispendio, si no puedes con la idea de lo que mi moral hará con tu propina, hazlo de una manera tan rápida que ni siquiera puedas ser testigo de tu bondad.

(Le pone un par de monedas en el vaso)

HARRY. – Que mendigo mas curioso! Otra figura que será notada mas por su apariencia que por su filosofía

JANE. – Ya casi estamos. Casi.

 

ACTO III:

El gran vestíbulo del Museo Nacional de Arte se encuentra semi-desierto, un cuarteto de cuerdas (dos violines, viola, violonchelo) interpreta una pieza de Joseph Haydn en la primera planta cerca del bar. Jane y Harry se dirigen a la taquilla. La cajera los recibe con una sonrisa de medialuna.

 

HARRY. – Dos entradas por favor, ¿cuáles son las exposiciones actuales?

CAJERA. – Aquí tiene el folleto, lo explica claramente, pero a grandes rasgos seria: en la Primera Planta: arte super-muerto hace siglos para contemplar la predilección de los antiguos por grandes falos de piedra de todos los tamaños. Segunda Planta: el expolio de nuestra nación (gran orgullo) a la mitad o mas del mundo conocido, desde la dentadura del Budha, a el papel higiénico de Lenin, mas todas las pinturas, esculturas, fotografías, litografías, instrumentos de tortura, artesanías, etc. concebidas (y me atrevería decir hasta futuras) que solo nosotros sabemos preservar para la posteridad. Tercera Planta: tenemos un simposio sobre “La sintaxis inversa aplicada a la malinterpretación del arte como una sucesión de tortas en la cara” a la que me temo,  no se puede acceder sin los obligados trajes de baño.

HARRY. – Okay, solo tomaremos algo en el bar hasta que pase el terrible temporal o estemos navegando sobre vodka.

CAJERA. – Como es viernes el precio es a voluntad

HARRY. – (Para si mismo) ¡ Esto es la cúspide de la hipocresía!  Puedo ver como se llenan  de lagrimas los ojos de los dueños del dinero, como se felicitan unos a otros y asienten sin parar  con sonrisas porcinas: UN DIA GRATIS DE CULTURA es como poner una apósito en un brazo amputado.

Que generosidad! ¿cuánto deberíamos dar Jane?

JANE. – Se supone que el truco reside, en pulsar esa cuerda de remordimiento que nos impide mostrarnos como somos, nos enseñaron con mucho esfuerzo que uno es lo que paga.

HARRY. – Eres un embalse lleno de razón, aquí tiene

(Alcanza a través del mostrador un billete de 5).

ACTO IV:

Sentados en el bar del primer piso luego de una recorrida por los salones, el concierto se encuentra en receso, la gente en las mesas conversa desmedidamente fuerte, ellos beben vodka tonic.

 

HARRY. – Ahora tengo la seguridad que Gauguin, sabia como hacer las cosas.

JANE. – No te olvides que tenemos una cita para almorzar con Jake y Rita en una hora.

HARRY. – Si lo mencionas por el brillo de mis ojos, se debe mas al recuerdo de las obras que he visto que al brebaje que estamos degustando, aparte que ya sabes que no puedo olvidar nada que sea banal.

JANE. – ¿Qué nos queda en el recuerdo después de un paseo por tantas expresiones y técnicas? Un cansancio en lo alto de las cejas

HARRY. – No andas lejos de la causa ultima de porqué se aguanta tan poco, eso sumado a la perversión de fuente minúscula en los recuadros con el nombre de la obra, sospecho que los hace un relojero. Es demasiado para nadie que no haya ganado cualquier medalla.

JANE. – Puede que la ausencia de marcas genere un vacío emocional con la obra, no estaría mal entonces que pusieran algunos patrocinadores en el periodo azul de Picasso, o siquiera el precio, estoy segura de que ayudaría.

HARRY. – Hablar de todo en detalle, tener que opinar con mi boca completamente abierta emitiendo graznidos como gárgaras satisfechas de las comparaciones que propone, estirarme acostado por completo en términos como: trazos, ritmo, profundidad.. y ver que se encajan perfecto en la estupidez general, me fatiga de antemano.

JANE. – Eres un raro caso de orador sin voluntad popular, pero tus ojos claros y mi boca te perdonan (se besan largamente).

ACTO V:

Jane y Harry se encuentran en un taxi de camino al almuerzo, parados en el trafico cerca de su destino en la ciudad genérica, cosmopolita, atiborrada y sucia en un futuro mas bien cercano.

 

HARRY. – Aunque tengamos la seguridad absoluta que este tipo de encuentros no cambian nada los repetimos mas que la respiración

JANE. – Sabes bien que Jake y Rita son nuevos en la ciudad y bien les vale para crearse una rutina.

HARRY. – Nadie un su sano juicio argumentaría contra esa fortaleza, pero ya puedo adelantarme hasta el postre y quedarme dormido.

JANE. – No te hará mas daño que el paisaje que contemplas por la ventanilla

(Harry observa una larga fila de indigentes que se amontonan frente a una puerta, esperando su ración de alimentos en la lluvia)

HARRY. – Si tuviera que enumerar las causas de mi defensa por locura prematura en el púlpito del juicio, mi abogado no tendría mas que leer la lista de situaciones que vemos día a día, y no me refiero a las abstracciones como descontento, ansiedad, miedo entre tantas sino a ese par de piernas humanas clavadas en mi retina asomándose por las puertas de los contenedores, hurgando en los desperdicios de todos, por poner un ejemplo practico.

JANE. – ¿Ves como ya lo enfocas todo mejor? Jake trabaja en una editora pequeña, de esas que se obstinan en autores con apellidos terminados en ivski o algo así , con lo que podrás conversar sin tener que bajarte de tu cuadro clínico.

HARRY. – He notado que cada vez miro menos a los ojos.

(El taxi llega a su destino, Jane saca su cartera y paga a través del plexiglás que los separa del conductor de nacionalidad indefinida)

JANE. – Vamos será una comida fantástica, confió que sabrás navegar a través de los lugares comunes que sorteaste tantas y tantas veces sin naufragar.

HARRY. – He notado que cada vez miro menos a los ojos, salvo los tuyos claro.

(Tomados del brazo se dirigen con buen paso, sin notar la lluvia que los empapa, a la entrada del restaurant)

Una visita al dentista.

Los centinelas abandonan todas las otras partes de mi ser,

Me han dejado desamparado en manos de un salteador sanguinario,

Todos acuden al promontorio para presenciar lo que sucede

y para atacarme.

Walt Whitman

¿Va a doler doctor? Pregunto ella de forma retórica (con un hilo de voz mezcla de miedo-letargo inducidos por la dosis de éter suministrada) mientras su boca veía acercarse ese tipo de instrumental que solo por su forma y filo no puede mas que tocar arpegios en las cuerdas del sufrimiento. La mujer en cuestión, se encuentra paralela al suelo (no tan higiénico como los recientes avances debieran impulsar) recostada sobre un sillón semejante al de cualquier peluquería de la época, con alguna salvedad en su construcción (mas robusta) a sabiendas del fabricante, cómplice de las iniquidades de su uso. El ambiente rectangular sin explicación arquitectónica aparente, es el consultorio del renombrado dentista Dr. R … que practica según la opinión de sus propios colegas las mas adelantadas técnicas en ortodoncia (desde aquel mítico Fauchart y sus introducciones o mas precisamente extracciones, a la técnica, que en su momento consistía puramente en arrancar de raíz todo problema si se permite la metonimia). Así, mientras la paciente mantiene estoicamente la boca como averno, entre divagaciones de saliva, comienza la tarea en las manos diminutas (rasgo que le valía su renombre) del odontólogo, que no se encuentra solo frente a semejantes espasmos como oleajes; nunca dejaba de felicitarse por la sabia decisión de tomar como aprendiz (sin ninguna posibilidad de lo que hoy se consideraría “promoción”) a Inglewood; dediquemos unas breves palabras, a este joven producto de la falta de imaginación o posibilidades (por igual) de las muy extendidas familias de clase obrera con alguna capacidad de ahorro para enviar a alguno de sus hijos (esta elección recae generalmente en los que permanecen vivos) a la facultad de alguna ciudad de provincias, donde podrá formarse en dos o tres años según su asistencia a la taberna local en: copista, ordenanza, amanuense, etc., de variopintas profesiones, para salir disparado a una renta de máximo dos chelines, coronas, duros, o similares al mes, por el resto de su existencia. Pero volvamos a nuestro rectángulo, y mas precisamente al sillón donde los rudos brazos reparten el esfuerzo de sujetar con unas correas diseñadas para tal propósito, y nos encontraremos que el proceso avanza lentamente (en el reloj del muro al costado de la entrada y mas aun en la mente de la paciente que adolece la confusión cegada por un foco apuntado a sus entrecerrados párpados) aquí diría que el verbo proceso tiene tintes de adjetivo, por el espectáculo que se desdobla reflejado en los impertinentes del Dr. podríamos evocar los campos de batalla en la campaña napoleónica a Rusia. El instrumental, en este preciso momento personificado en un largo utensilio símil palillo chino acabado en gancho, trabaja obstinado en rasquetear a través de la pequeña abertura realizada por alguno de sus socios de acero, la raíz de la hemiarcada del segundo molar, en el intento de vaciar la infección recurrente que (cual carcoma a la madera) vive a expensas del nervio. “Cuanto se había avanzado en técnica y sabiduría” se vanagloriaba el dentista, evitando que una sacudida mas violenta que las otras hiciera volar por los aires la bandeja de plomo encargada de aglutinar el material de trabajo “Como todo en el pasado era serrar, extraer, extirpar y por ahí van los epítetos”.   Luego de una breve pausa y otra dosis de éter, la mujer tenía los ojos desorbitados y el rostro bañado de sudor, como si sospechara que todavía quedaba un buen trecho por horadar, y no se equivocaba, ya que se ponían en marcha una vez mas “las técnicas modernas”. La cabeza le daba vueltas traída una y otra vez al presente en picos de dolor, inundando como la pleamar hasta el ultimo de sus conectores nerviosos, que no dejaban de anunciar el fin del mundo, ora se alargaba su esperanza un centímetro ora se zambullía en esa negrura salpicada por aureolas de colores que el dolor florecía en su mente y su espíritu, mientras sus fuerzas se debatían contrarrestando los tirones a dos manos del Dr. en su quijada. Prefería no estudiar en detalle los sonidos, ese roce tan desigual por el carácter de los materiales, que escuchaba mas con su interior que con sus tímpanos y optaba por seguir alejándose del desmayo como el funambulista que camina equilibrándose por los segundos que lo acercan a la llegada. Apenas si una brisa imperceptible mecía la cortinas por la ventana entreabierta, mientras la comunión de hilo y aguja recorría punto por punto la sutura final, ya podía Inglewood aflojar la presión de sus brazos y liberar las correas (mientras su imaginación se adelantaba a los excesos que le esperaban por la noche), ya sumergía las manos el Dr. en la vieja palangana para quitarse las manchas de sangre seca adherida a la piel de manos y antebrazos satisfecho con el trabajo realizado, ya se incorporaba la paciente con esa parsimonia que acompaña cualquier tensión extrema, asintiendo a los repetidos cuidados que debían tomarse en los próximos días: reposo, alimentos líquidos, enjuagues con agua tibia y bicarbonato de sodio, a sabiendas que cualquier dolor comparado se miraría desde arriba. Queriendo liberarse del ilustre Dr. , su ayudante, la imagen del material todavía empapado sobre la bandeja de plomo, el reloj del muro al costado de la entrada que ahora barajaba el tiempo normal, la robusta silla de cuero; se encaminó con premura hacia la puerta, luego de abonar los honorarios correspondientes, y bajó por la escalera hasta alcanzar la calle, liberada, caminando al compás de sus latidos maxilares, hasta lo próxima visita al dentista.

Grandes Paisajes

Del combate con las palabras ocúltame

y apaga el furor de mi cuerpo elemental.

Pizarnik

 

Quería describir grandes paisajes, de esos que se ven en los pósters de lagos con brumas pesarosas como un derecho adquirido por miles de mañana heladas o aquellos otros de montañas verdes con aristas escarpadas y su infaltable ladera moteada de pastos uniformes, o también … “perdone” le espeto un comprador que se encontraba mucho mas cercano que sus divagaciones paisajísticas; la distancia justa de un brazo para alcanzarle 1,50 (siendo este  el valor exacto del periódico que ya se acomodaba en el sobaco). R.. murmuro algún fonema a modo de despedida decidido a retomar sus fantásticos viajes (como le gustaba llamarlos a el , en augusta contradicción con el “estar en babia con esa cara de boludo” de su socio en la venta de revistas). No hay que omitir, que el formato de la aun no mencionada estancia, contribuía notablemente a sus propósitos, como las anteojeras equinas, el “puesto de diarios”, el ultimo de la costanera, estaba orientado hacia el Rio de la Plata, haciendo una gran ventana por la que entraba una “señora”corriente  de aire (sobre todo a las madrugadas en la espera anaranjada del alumbrado publico) y que hacían de R.. un personaje bastante abrigado, hasta corpulento de pura lana. Ahora bordeando el mediodía  y varios grados mas fresco, hora “en la que no pasa ni el loro”, podía recostar la silla alta contra los fascículos jamás vendidos de jardinería y bricolaje, que hacían las veces de respaldo y seguir insistiendo en un mate y su potencial futuro como descriptor. No sabia de donde le venia la herencia, ya que su viejo era florista y su mama ama de casa, jamás habían tenido siquiera un leve desvío hacia cualquier forma de literatura, ni siquiera algún tío o pariente lejano que le sonara intelectual; podían atestiguar a su favor las innumerables reuniones familiares: sendos casorios, el bautismo de la sobrina de Raquel, el entierro con su respectivo velorio del cuñado de su hermano y la cascada anual de navidades, pascuas y una cantidad de asados a mansalva “que para que te voy a contar”, estaba seguro de lo poco que entendía de genética, que esta no podría estar involucrada. Saberse solo le daba una pequeña alegría como un respingo en el pecho, parecido a aquella sensación de travesura no descubierta. Para hacer efectivo el registro de detalles, llevaba un cuadernito verde, con las manos enguantadas (recortados en las puntas) señalaba aquellos exabruptos como raptos de inspiración que le venían. Alguna vez había escuchado de “un señor muy piola” que observaba había que desconfiar como escritor, de esos arranques inspiracionales, pero  R.. según su propio criterio, no sabia exponerse sino era “en una tacada las frases y pararse a releer ya bastante adelantado”. Dejando la mesura para otros, rubricaba sus mentadas descripciones en los renglones cuadriculados del tal cuadernito verde. Le gustaban los paisajes porque evitaban las disgregaciones de los personajes “que va a decir un paisaje? si esta solo …” cavilaba mientras arremetía con adjetivos y penumbras, ciertas dunas del bajo Egipto. Ya en la hora del almuerzo encajonaba sus pensamientos, y se dirigía por “la alguna vez recta” vereda al lo de la Roberta, un puestito para los trabajadores de esa parte del río y algunos pescadores esporádicos. Ahí se codeaba con los pormenores de la jornada “que si lo pone a tal no nos hacían el tercero y que si aquel otro porque no se compra una gamba que mira que es un muerto y …”  mascullando un sándwich de vacío escuchaba también el zumbar en ráfagas del viento. Nunca se había arriesgado con el paisaje local, como si fuera imposible sacar atributos de las montañas de arena de las constructoras, o ensalzar la negrura de las playas moteadas de basura como confeti, o a quien se le ocurriría comparar “ese barandazo” con el sudor cargado de los pantanos del Misisipi. Si bien que en ocasiones descifraba cierta belleza: cuando el sol se ponía entre los edificios del fondo, dejando esa dentadura vertical en evidencia, la tristeza hacia adentro del muelle de pescadores, y también ciertas épocas del año: cuando en junio florecen las “tipas” y pintan amarillo las veredas, o la canícula y su viento tórrido que se entretiene en remolinos sobre las revistas de cotilleos,  “podría intentarlo alguna vez” se dice, mientras le alcanza un paquete de figuritas a un mocoso de mirada impaciente. Una de sus principales fuentes de inspiración son, obviamente, objeto de su trabajo y se avergüenza un poco de que si alguien le pide el “National Geographic” se lo tenga que vender con alguna que otra mancha de bizcochos Don Satur, hecho bastante improbable, según la inclinación lectora de los muchachos de esos lados, mas allegada a periódicos de “fobal“ y señoritas livianas de ropas. Viajar se encuentra en la parte alta de sus ambiciones, ya que el mismo nota que seria el proceso análogo al de las revistas, salvo que tendría que contentarse con algún fin de semana cerca de San Nicolás donde su cuñado tiene un terrenito, o como aquella otra vez que estuvo pescando tres días en el Delta y se lo comieron los mosquitos; incluso venderle su parte del puesto al Negro y dedicarse de pleno a la escritura para viajes, eso si, con un curriculum vacío de referencias pero una poderosa imaginación, al final de cuentas “que sabe el tipo que lee si uno estuvo realmente”. Así R.. va dejando partir la tarde para darse cuenta en un respingo que es re-tarde, que todavía le quedan infinidad de mandados y aparca el cuadernito entre la tercera y cuarta capa de ropa, después del pullover marrón, en el bolsillo de adentro, “siempre al atardecer aprieta la ventolera del río” murmura mientras aguanta con las dos manos la persiana y le pega una patada al estante para que entre en razones.  Con el puesto bien aparejado, se encamina a la parada del colectivo 108, que por suerte pasa seguido “pero que hay que ver si para”; postergando para otros días, mas descripciones, como esos desiertos sin esperanza de inapelables corrientes a ras del suelo, de glaciares épicos obstinados a las laderas o el azul de mares de…….