Una imprecación de labios contiguos,
el paseo se imita delante de mis botas
a pesar del deseo que ofende,
dilatando una corriente entre las piedras de mis huesos,
la premonición del impacto en las ideas.
Un día soleado se evapora ignoto a cualquier designio,
ojos que sopesan transeúntes periféricos,
ese indice arbitrario que llamamos atención,
rostros obligados
anhelando inducir la curiosidad de su rutina,
me eludo:
allí por donde
truena el soliloquio,
desprendiendo el velo del alma,
mis ojos de juncos zaheridos
o las risas
familiares,
el espíritu bulle en la superficie exacerbada
y retuerce,
cada silaba el espiral del ideario,
el ancla desmintiendo la deriva
la erosión de la caricia.