Es la hora de cerrar los ojos,
una caricia que alimenta,
a través del tacto,
esa ansia de pavura,
la noche tapiada en oscuro,
sobrecoge los sentidos infantiles,
que sospechan del cántico somnífero,
besos y caricias oportunas,
rehusandose consciente al cansancio,
de la nana.
Alejando irreparable un susurro anhelante,
queda en pos el cariño,
y con el ultimo esfuerzo lo remolcan,
grifos fantásticos o aterradores,
en la brisa de la noche,
amalgaman desvaríos,
para solo volver,
liberado,
en la próxima aurora.